Organización, Profesión e Innovación.
Antonio Grandío Botella.
Profesor del Departamento de Economía y Dirección de Empresas (Universitat Jaume I de Castellón)

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Cuentan que el diablo paseaba un día con alguien más cuando vieron a una persona agacharse, recoger algo del suelo y ponerse súbitamente muy contento. Vieron después cómo se guardaba ése algo en el bolsillo para reanudar de inmediato su camino radiante de alegría. "¿Qué ha encontrado?" dijo el acompañante al diablo. "Era un trozo de la Verdad", contestó este; "¡vaya, será un mal día para ti!", "¡ah, no importa: yo iré y la organizaré!".

Vivimos en una sociedad organizada. La organización es la base de toda institución económica, social, política o religiosa y nada parece indicar que este proceso creciente vaya a menguar. Nada en este mundo parece tener sentido si no se organiza.

Cuando se organiza, además, se vuelve vital la creación de "puestos" y estos conllevan para el individuo que los ocupa una serie de conductas que suelen concretarse en lo que algunos llaman el "rol", el "papel" que implica el puesto en cuestión. Ello es necesario, se argumenta, para la consecución de los fines o metas de la organización e implica una "división del trabajo" horizontal (por funciones) y vertical (por jerarquía de "mando"). La combinación de estas dos dimensiones constituye básicamente lo que denominamos "estructura organizativa".

Naturalmente, cuanto más sencillo y único sea ese producto, más necesario será "organizar" la empresa para reducir los costes. Organizar es aquí "normalizar las actividades", describir minuciosamente las tareas que cada uno debe hacer. Sin embargo, cuanto más complejo y diversificado sea (por ejemplo, la tarea de los médicos en un hospital o de los profesores en una universidad), lo que se debe normalizar ya no son las tareas sino las "habilidades", los conocimientos de cada uno en forma de título oficial etc. Nace entonces la figura del experto, del profesional normalizado (Diplomado en ..., Licenciado, Doctor, Master etc.). De la organización pura pasamos entonces a la profesionalización. La primera tiene sus sindicatos, la segunda sus corporaciones profesionales o académicas.

El problema viene cuando el producto a conseguir es algo mucho más complejo e incierto; brevemente: algo nuevo. Cada día es más cierto afirmar que el momento actual se caracteriza por el cambio continuo y acelerado de productos, tecnologías, mercados etc. Así, la innovación (entendida como la investigación, desarrollo y oferta de nuevos productos o servicios) se vuelve la razón de ser de un creciente número de empresas y organizaciones. De pronto, toda esta organización estructurada (burocrática o profesional) se vuelve un obstáculo. Se hace realidad entonces lo que alguien dijo: "la organización es la tumba de la innovación y la pesada losa de los profesionales ha sido arrastrada hasta la puerta del sepulcro".

Puesto que los expertos (Economistas, Médicos, Abogados, Psicólogos, Ingenieros etc.) nos hemos organizado y normalizado como profesionales y académicos, parece lógico que, como corporaciones, compitamos entre nosotros en la reivindicación de la mayor parte posible de la tarta de la verdad aunque esta, en última instancia, no nos preocupe en demasía. La defensa de nuestros intereses corporativos, a modo de "derechos adquiridos", junto al paranoico cuidado de nuestra reputación e imagen vía "mass media", no parece augurar un final feliz a la efímera flor de la innovación.

La empresa innovadora debe entender este tipo de problemas. Tanto en su interior como en su "staff" externo de asesores, existe la inercia de los expertos. Como el funámbulo en la cuerda, un Directivo Innovador ha de discernir día a día el grano de la paja. Esta última se encuentra, en primer lugar, en mucho del actual énfasis en la planificación, la organización y el control. Detrás de estos conceptos se esconde muchas veces un miedo a la incertidumbre patológico, una endémica esterilidad en la producción de nuevas soluciones. Los costes inherentes a un erróneo énfasis en ellos, ya de por sí altos, son poco comparados con aquellos derivados de un miope enfoque de la Estrategia Empresarial. La planificación, lejos de ser un proceso racional, evidencia ser más un irracional impulso a que las cosas nos sigan siendo familiares que una eficaz asignación de recursos. En segundo lugar están los normalizadores del saber: los expertos. Muy útiles en entornos estables y con baja tasa de cambio, pueden convertirse en una pesadilla cuando hay que innovar en entornos turbulentos. En tercer lugar hay que destacar el limitado papel de los incentivos externos: siempre que se establece un sistema de recompensa a la innovación, las personas "se organizan" para conseguirlas. Incluso los mismos entes que la promueven, ante la obligatoriedad de justificar sus asignaciones presupuestarias, "cubren el expediente" publicitándolas y ejecutándolas en una provechosa operación de "marketing de imagen", que no en una real gestión de la innovación.

El grano reside en características que escapan muchas veces a la tangibilidad inmediata. Más allá de la normalización de habilidades (aunque las incluya), el innovador prima el aprendizaje frente a la planificación, el valor inmenso del error frente a su ocultación neurótica, la relación informal (adaptación mutua) frente a la estructuración normativa (sean estas normas de procedimiento, rendimiento y de habilidades o jerárquicas de poder). La dirección es vista más como coordinación y su desempeño, lejos de ser vitalicio, implica cierta rotación de puestos.

Por último, frente al énfasis puesto en los recursos técnico-financieros, señalar el énfasis en los Recursos Humanos: nadie niega su liderazgo en importancia en la actualidad. El futuro "experto" en recursos humanos está por llegar, pero podemos encontrar su "normalización" más elaborada en la actual Diplomatura en Relaciones Laborales. Con una eventual creación de un segundo ciclo, esta titulación crearía los profesionales del futuro que sustituirían los antiguos "jefes de personal" por los actuales "Directores de Recursos Humanos".

Sin embargo es importante entender que "la verdad no puede organizarse", tal parece ser la "cultura corporativa" de una empresa innovadora.

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