Profesionales, Profesores y Profetas.
Antonio Grandío.

08/01/98

Volver 

"La letra mata, el espíritu vivifica" (Pablo de Tarso).

"El niño es realista; el muchacho, idealista; el hombre, escéptico, y el viejo, místico" (J.W. Goethe).

Me cuesta volver a lo que considero un paradigma trascendido. Todo lo normativo, aunque inevitable e incluso indispensable, se me antoja como una mera consecuencia de algo que está siempre por encima. El profesional en ejercicio del "corto plazo" tiene que ceñirse a la normativa, jugar las cartas de lo "que es", no de lo que "debería ser". Yo, sin embargo, no lo soy. Soy un profesional "a largo plazo" de la investigación y de la educación. Mi papel es diferente porque gozo de mayor libertad de pensamiento, cobro por ejercer esta libertad y así soy feliz. No me importa ser un merluzo respecto al mundo profesional "en ejercicio". Probablemente, siento muchas veces lo mismo cuando veo al mundo de las corbatas agresivas de los expertos. En todas, absolutamente todas, las profesiones existe la lucha, el mosqueo y la descalificación mutua entre el campo educativo, investigador y el profesional. Es casi inevitable: unos arrostran el "aquí y ahora", otros el futuro más o menos inmediato.

Ahora bien, me niego a aceptar que yo haga referencia al "cómo debería ser". El "cómo debería ser" tiene unas connotaciones éticas que rechazo visceralmente. Es decir, respecto a tal lógica, existe la realidad y lo "ideal". El idealismo es una perversa droga cuya malignidad permanece aún velada. Porque lo ideal solo implica ignorancia acerca de ese ideal. Sólo existen lo verdadero y lo falso. Cuando algo se comprende y vive completamente es verdadero, cuando no, es falso (aunque si es deseable socialmente se le llama ideal). Así, a mi juicio, yo hablo de unos hechos mucho más "reales" que los que supuestamente un profesional experimenta. El problema es más de concienciación corporativa que de grado de realidad.

Estamos en una moda histórica que ha dado en llamarse "Estado de Derecho". Aunque se dice que es la mejor forma dentro de lo peor etc. a mí se me antoja un estadio asaz infantil a la par que violento. No importa que sus defensores tengan mucho poder y dinero suficiente como para borrarme de la tierra de un plumazo. Ellos sufren lo indecible en sus vidas con sus pasiones contradictorias ¿Por qué no analizamos conjuntamente el mundo profesional, de lunes a viernes, y el mundo familiar, social y lúdico de los fines de semana? El alcoholismo social, los rencores de la infancia, las envidias, los posesos por la agresividad en busca de una bandera de tela o de ideología y su manifestación en la amarga lucha de pulsos deportivos o de conocimientos expertos. Primero está el rencor, el resentimiento acumulado ... después buscamos un pretexto científico, histórico o humanista para descargar nuestra violenta amargura y desolación sobre quien haga falta. ¡Queremos ser alguien, demostrar quiénes somos! Y para conseguir esto, siempre han de existir los de "fuera", los "malos", los enemigos que encarnan la culpabilidad de nuestra miseria. He ahí uno de los cimientos del trágico mundo del nacionalismo. Este nacionalismo puede ser social (el más conocido), económico (patronal y sindical) u organizativo: el corporativismo profesional y el academicismo universitario.

Junto a esta falta de afecto crónica supura el sexo reprimido que el alcohol libera, un vasto infierno de deseos que bullen y que obligan, vía el miedo, a crear democráticamente la hipocresía. Nuestras familias, parejas, nuestros hijos, nuestra sociedad y nuestra universidad, son la manifestación directa de estas cosas.

Para mí, entre otras causas, esta cruel paradoja es consecuencia directa del pannormativismo adolescente estadísticamente normal del mundo. Se me puede decir que esta reflexión no tiene tanto valor como ser notario y dar fe pública de escrituras de propiedad, ser fiscal del estado o poseer una boyante empresa con una facturación cercana a los 1000 millones de pesetas. No pretendo defender lo contrario, me considero bien pagado, sobre todo cuando me doy cuenta de que me pagan por hacer lo que me gusta realmente. Normativizar es necesario en la operativa del día a día, pero sólo se vuelve importante cuando el afecto humano se esfuma, aunque su impotencia sea la consecuencia directa de su espurio uso.

De modo que las leyes (sean estas las de los físicos, las de los moralistas o la de los códigos mercantiles o civiles) no pasan de ser algo así como una moda en el vestir. Sólo hay la costumbre y la clausura egocéntrica que denotan una búsqueda compulsiva de la seguridad. Cuando amamos esta costumbre y clausura hasta el punto de hacerlos ideales inspiradores del mundo, aparecen el Derecho y la Economía clásicas. Siento que, cada vez que hablo así, me digan que hablo de otro orden de cosas ¡hablo del mismo orden! El resentimiento que mueve y separa el mundo no puede seguir siendo una energía ecológicamente válida. El poder consecuente es ineficiente e ineficaz. Se puede regir un mundo por medio de la norma y del poder. Un mundo, por cierto, poco inteligente. También puede hacerse mediante el conocimiento y el aprendizaje. Un mundo, por cierto, inteligente.

Creo que la realidad de los juzgados y de los despachos, de los catedráticos y de los sindicatos, de la riqueza financiera y del ir de putas ya no van a ser el motor del mundo. Coexistirán con este nuevo mundo del conocimiento y del aprendizaje, de la tecnología y de la religión sin líderes ni creencias, de la aldea global y de una nueva humanidad perpleja que despierta del pesado sueño del idealismo violento.

Volver