Tradición y Libertad.
Antonio Grandío Botella. 19/01/92

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Existe mundial acuerdo en que la libertad es esencial para el ser humano. La libertad, sin embargo, junto a los términos amor, nación y dios, ha constituido el detonante de casi todos los asesinatos y crímenes organizados del mundo. Términos tan elásticos como peligrosos han auspiciado, y merecidamente, ciertas dosis de miedo y vergüenza en muchos pensadores hacia ellos, conscientes de que no hay nada tan potente para manipular masas y distraerlas de su miseria real como el mentarlas adecuadamente.

En el mundo de antaño todo cambiaba lentamente. La costumbre (una de las fuentes del Derecho) ofrecía un conjunto de creencias, valores, símbolos etc. válidos durante intervalos de tiempo lo suficientemente grandes como para erigirse en una empresa válida su defensa. Así se "civilizó" a la gente y se abrieron vías de relaciones cada vez más amplias entre partes de ella así como la posibilidad de investigar sin tener que ir a buscar comida. Mas hoy no hay nada que permanezca sino un cambio, en espiral si se quiere, pero de tal calibre y complejidad que cabe cuestionar la validez de la tradición como medio para aplacar la eterna insatisfacción del corazón humano. Esta insatisfacción es de hecho la crisis de hoy en día.

Hemos sido timados con la religión organizada, dándonos cuenta de que no había libertad en ella. La hemos sustituido por enormes efigies de sucedáneos de dios con barba blanca, o por las arengas marciales de algunos bajitos con bigote sin más resultas que lucirnos ante el universo con nuestra habitual originalidad: otro timo más. Nos queda nuestra tradición, nuestra tierra, nuestras montañas y playas, nuestros "manolos escobares", nuestras costumbres, nuestra identidad, la "cosa nostra".

El pasado, la tradición no es más que el condicionamiento que impide que dejemos de defendernos unos de otros considerándonos como extraños. La suspicacia, los celos del adolescente que cree que la tierra, como su novia, es susceptible de posesión, suya cuando, y aún creyendo en los derechos de propiedad, sólo está en régimen de arrendamiento temporal, no puede dar la libertad. El culto a la autoridad del experto intermediario científico o religioso, del Michael Jackson o de los poetas de multitudes con guitarra tampoco. Son todas bajezas muy humanas, todos las tenemos, pero he ahí la monomanía de trasmutarlas espuriamente en virtudes morales con bandera y presupuesto oficial incluido.

Creo que la libertad no está relacionada con la tradición en absoluto. Poseemos tradición porque no nos hemos emancipado de nosotros mismos, de nuestra posesividad infantil ligada al entorno familiar materno. Seguimos dando vida a nuestros juguetes de plástico en una ludopatía trágica llamada "nosotros y ellos". Y queriendo burlar nuestra ansiedad y nuestro vacío creamos un "alma del pueblo" que, de paso, ignore superficialmente la muerte a título póstumo trasmitiéndola a nuestros hijos como sustituto de su libertad. No importa que nos haya ido fatal: nuestra fatal identidad se preservará, embalsamada, en algún museo del futuro.

Existe una forma distinta de ver la tradición: contemplándola como espejo de nosotros mismos para investigar si uno puede romper con ella para dar con una dimensión distinta donde todo ocupe su parte. Esa dimensión no es ni económica ni sociológica ni psicológica, ni cultural, ni histórica: no es el pasado. No es por tanto ninguna creencia, suposición ni fe, no puede describirse sin incurrir en paradojas semánticas. Lenguaje paradójico es el término utilizado para referirse a aquellas descripciones de esos raros personajes que, como canta J.M. Serrat "se sonríen con razón, como lo hacen los bobos sin ella". De vez en cuando, idénticos relámpagos de luz y de belleza estremecen a poetas, científicos, místicos y un largo etc. y les hacen incurrir en su descripción en contradicciones lógicas que, curiosamente, convierten después en una obra de arte o una nueva teoría científica. Pero, aunque en menor grado quizás, también nos sucede a todos los demás algo parecido.

Creo que una cierta atención y cuidado en tales experiencias que están más allá del pensamiento (que no es tampoco emoción) rompe radicalmente con la necesidad de tradición, de creencia y de lucha normales en nosotros. Y quizás supusiera un nuevo ámbito de investigación donde ciencia, arte, filosofía y religión volvieran a caminar juntas, como consecuencia de una mutación de conciencia en la que conceptos como libertad y amor no sonrojen de vergüenza al hombre.

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