Biografía Inconclusa (en realidad, casi sin empezar).

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De pequeño me fascinaba la química. Había un juego/paquete de "química", el "Cheminova", del cual me parece recordar que habían no sé cuántas versiones ( al 1, la 2 etc), desde la más básica hasta la más avanzada. Me parece recordar que cada año pedía a los reyes magos un versión más "gorda" del jueguecito y disfrutaba haciendo combinaciones químicas con matraces, papel tornasol y fenolftaleína para hallar el ph de los compuestos ... hacía pólvora, tinta y no se qué más cosas. También estaba fascinado con la electricidad y la luz. Junto con un amigo, construí varios artilugios eléctricos con motores extraídos de muñecas de mi hermana, cables, imanes etc. Recuerdo una maquinita tipo "pinball" que tenía un marcador real que se movía al pasar la bola por los genitales de una mujer desnuda dibujada en el tablero del chisme (por cierto, se perdió: la madre del amigo nos dijo que no sabía nada del asunto). Aún ahora tengo la manía de visitar la sección de bombillas en los hipermercados y me fascina ver las bombillas encendidas de las linternas y ver cómo cargan las baterías de los teléfonos móviles o de los ordenadores portátiles.

Desde pequeño, siempre pensé que el origen de todo era la química, la electricidad y la luz (aún ahora pienso cosas semejantes) y casi siempre me he considerado una persona de "ciencias". De hecho, mi bachillerato fue de "Ciencias Puras" y en COU, aún sabiendo que iba a estudiar Económicas, elegí Física, Química y Matemáticas Especiales (lo lógico era elegir Historia y Geografía Económica en vez de las dos primeras).

También construimos un coche con "motor de agua" alimentado por manguera, aunque tenía un pequeño defecto: para andar unos metros, inundaba de agua el patio de la casa de mi amigo, además de empaparnos de arriba abajo a ambos (por cierto, se perdió también: la madre del amigo nos dijo que no sabía nada del asunto).

Parece ser que viene también de pequeño mi tremenda afición por las mujeres, mi madre suele contar que, cuando veía a una chica guapa, yo le decía algo así como "mamá, cuando las veo no sé que me pasa que me pongo triste".

Siempre tuve, desde pequeño, la sensación de que cuanto existe tiene en su seno algo inmenso y sagrado. Insisto en que es una sensación, una "vivencia" que involucra gran parte de mi cuerpo físico (pone la carne de gallina y muchas veces llora uno cuando ello comienza a bajar en intensidad), así como de mis emociones y pensamientos (yo diría que los "polariza" a todos juntos como un imán haría con las virutas de hierro sobre un papel). No es, desde luego, una filosofía, ideología, creencia o bella idea. Lo siento, sobre todo, al respirar, al mirar el sol de la tarde o del amanecer sobre las fachadas de las casas, al mirar a los ojos a muchos animales, y también algunos niños o mendigos en el parque. Ignoro hasta qué punto esto es una realidad para más gente, pero no tiene nada que ver con aspectos poéticos o literarios (que, para mi, sólo son subproductos de esa vivencia). Existe al ver funcionar en conjunto (ésta parece ser la "vivencia" clave: la percepción de que todo ello está conectado y moviéndose en conjunto como expresión de la misma realidad) el sol contra el agua del estanque y los patos nadando, los gorriones chillando y la pareja morreándose ... todo va junto. A veces, junto a la vivencia, hay una sensación de "placer inmenso", sensual (no sexual, aunque uno percibe que lo sexual está incluído) En fin, es una experiencia sobre la que, y desde la cual, he escrito muchas veces en el "Mística Práctica" y lo concibo como un aspecto tan central y esencial de mi vida que creo que intentar comprenderla sin ello sería un error.

Aunque siento que tal experiencia ha estado presente desde que tengo memoria de existir, ha habido épocas donde la vivencia acontecía casi todos los días (la época en que era vegetariano estricto, estudiaba esoterismo y que practicaba yoga y meditación ocultista 22/23 años). También acontecía a veces antes de esa época en la gloriosas épocas de estudio con anfetaminas (solía venir tras los días de tomarlas, cuando se ve que aún quedaban restos en el organismo y uno gustaba de pasear sin rumbo durante horas por la ciudad de Valencia o Castellón). Su frecuencia disminuyó tal como entré en la Universidad a los 30 años y parece que comienza a emerger de nuevo a mis 45, tras una larga noche de letargo y abandono.

Además, siempre me ha dado la impresión de que hay una especie de presencia que me acompaña. Esa presencia tiene algunas consecuencias. En primer lugar me hace sentir algo así como que no soy completamente el dueño de mi destino, como que espera algo de mi